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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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Leovigildo
Categoria:
Biografía GER
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Rey visigodo de España que reinó del 568 al 586. Subió al trono como corregente de su hermano Liuva I, antiguo dux de la Galia Gótica, que había sido elegido rey algunos meses después de la muerte de Atanagildo (567). Posiblemente, Liuva le encargó el gobierno de los territorios de la Península, porque siendo L. dux de Toledo quiso asegurarse de sublevaciones en esta región, ya que él sólo había sido elegido por los visigodos de la Narbonense. Ambos gobernaron conjuntamente durante varios años hasta que, muerto Liuva en el 573, los dos reinos visigodos se unieron, quedando L. como único rey. Su gobierno tuvo como meta la reorganización y unificación del Estado visigodo.
      Hasta su reinado, no tuvo la monarquía visigoda la seguridad y firmeza de acción que le llevó a intentar la unificación por medio de una política nacional firme. Esa unificación presentaba varios problemas: en el Noroeste de la Península, la Gallecia estaba dominada por el pueblo suevo. En el Sur, la mayor parte de la Bélica se encontraba, desde tiempos de Atanagildo, en poder de los bizantinos. En la vertiente cantábrica, algunos pueblos, como los astures (v.), los cántabros (v.) y los vascones (v.), vivían prácticamente independientes. A todo esto hay que añadir la debilidad interior que entrañaba la falta de unidad entre la población visigoda e hispanorromana, separada por diferencias religiosas, lingüísticas, políticas, culturales y jurídicas. Por toda la Península, grandes señores hispanorromanos, dueños de extensas tierras, conservaban una independencia de hecho.
      Reorganización interior. L. dio un nuevo sentido a la monarquía visigoda, al revestir las ceremonias y la vida palaciega de atributos externos al uso bizantino, hasta entonces desconocidos en el mundo visigodo. De este modo, pretendía fortalecer el poder real y enaltecer la persona del rey. También acuñó por primera vez monedas de oro con su efigie. Una novedad importante fue poner a sus hijos, Recaredo (v.) y Hermenegildo (v.), al frente de algunas regiones de la Península, posiblemente como duces, no para dividir el reino, sino para asegurarles la sucesión en el trono. Esto iba en contra de la electividad de la monarquía, característica del Estado visigodo; y, por tanto, fue una medida mal vista por la nobleza goda. Sin embargo, L. se impuso a ella en esta y otras ocasiones, haciendo sentir su autoridad por medio de la confiscación de bienes, el destierro e incluso la muerte. Como legislador, revisó el Código de Eurico, eliminó leyes, corrigió algunas y promulgó otras. En su ideal unificador, revocó la que prohibía los matrimonios entre hispanorromanos y visigodos, y también la de jurisdicciones y jueces diferentes entre ambas poblaciones, aunque el Derecho por el que se regían siguió siendo distinto hasta la promulgación del Fuero Juzgo.
      Las campañas militares y los problemas político-religiosos. Para conseguir la unidad territorial, L. se dirigió en primer lugar contra los bizantinos, atacando las zonas comprendidas entre Cartagena y Málaga (570). Se retiró después a Toledo, y al año siguiente volvió de nuevo, conquistando Medina Sidonia, Córdoba y tierras circundantes, con lo que la Andalucía occidental quedó sustraída al dominio bizantino, que sólo conservó un pequeño territorio en el Sur. Solucionado este problema, L. se dirigió hacia Galicia y atacó las regiones fronterizas del reino, como la Sabaria, donde sometió al pueblo astur de los sappos; un año después marchó hacia Cantabria, cuya capital, Amaya, conquistó, dominando seguidamente el país. En el 575, acudió de nuevo a la frontera sueva, esta vez cerca de Orense, donde un noble hispanorromano, Aspidio, se había sublevado. La posible ayuda recibida por éste de los suevos (v.) sirvió de pretexto a L. para atacarles de nuevo; pedida la paz por su rey Miro, L. marchó hacia el sur, donde nuevamente había prendido la rebelión. Dominadas las revueltas y asegurada la paz, fundó en la Celtiberia una ciudad con el nombre de su hijo Recaredo, Recópolis (578), localizada en la confluencia del Tajo y el Guadiela (provincia de Guadalajara).
      Además de la unidad territorial y política, L. buscaba la religiosa, pero dentro del credo arriano (v. ARRIO), y es en este aspecto donde encontró los mayores obstáculos, ya que el problema dejó de ser puramente religioso para tomar un matiz político. L. procuró solucionar primero el problema en el ámbito religioso y para ello reunió en Toledo un sínodo de la Iglesia arriana (580), que buscó una fórmula de compromiso por la cual los católicos podían ser admitidos en la fe arriana sin necesidad de un nuevo bautismo. A pesar de ello, la concordia religiosa no era fácil de alcanzar, y L. persiguió a los católicos al tiempo que se veía envuelto en una nueva campaña contra los vascones, en conmemoración de la cual fundó la ciudad de Victoriaco, actual Vitoria.
      La rebelión de Hermenegildo adquirió un carácter cada vez más grave; a la sublevación habíanse unido gran parte de hispano-católicos descontentos, y Hermenegildo llegó a titularse rey de la Bética. Todo esto determinó a L. a emprender una campaña contra su hijo y los imperiales. Se dirigió primero contra Lusitania, donde se apoderó de Mérida y Cáceres; dominada aquí la situación, sobornó al prefecto imperial para que los bizantinos abandonaran el partido de Hermenegildo, y se dirigió a Sevilla, donde consiguió también la defección del rey de los suevos, que volvió a Galicia. Sevilla sufrió un fuerte asedio hasta que cayó en poder de L., y Hermenegildo, abandonado de bizantinos y suevos, huyó a Córdoba, donde se refugió, pero al ser también conquistada ésta fue apresado y desterrado a Valencia, muriendo ejecutado un año más tarde en la cárcel de Tarragona. En ese mismo año de 585 consiguió L. la definitiva anexión del reino suevo, convirtiéndolo en provincia visigoda.
      El último problema que tuvo que afrontar L. fue el ataque que hicieron dos reyes francos: Gontrán de Borgoña y Childerberto de Metz, contra la Septimania. Mandaron un ejército hacia Nimes y otro hacia Carcasona, además de una escuadra hacia Galicia con el ánimo de excitar a la sublevación a los recién sometidos suevos. La campaña fue dirigida por Recaredo, que no sólo recuperó Carcasona, sino que llegó a tomar algunos territorios fronterizos francos. En el 586, murió L., siendo proclamado rey de los visigodos su hijo Recaredo.
MARÍA SOLEDAD AMBLÉS.
    BIBL.: W. REINHARDT, Leovigildo, unificador nacional, Valladolid 1945; H. ZEiss, Die Grabfunde aus den Spanischen WestgotenReich, Berlín 1934; R. ABADAL, Del reino de Tolosa al reino de Toledo, Madrid 1960; HE, 111, 1963; E. DE HINOJOSA, A. FERNÁNDEZ GUERRA Y J. DE LA RADA Y DELGADO, Historia de Espacia desde la invasión de los pueblos germánicos hasta la ruina de la monarquía visigoda, Madrid 1890; F. DAHN, Die Kánige der Westgothen, Wurzburgo 1869-1909.
     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
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