Decimonono virrey del Perú (1667-72). N. en Monforte de Lemos, en 1632. Descendiente de una familia de gobernantes y hombres dé Estado. Obtuvo el cargo, a la edad de 33 años, frente a 36 contrincantes. En el curso del viaje al Perú, tuvo oportunidad de formular clarividentes prevenciones a la corona sobre el peligro que entrañaba la existencia en las islas del Caribe de bases en poder de ingleses y franceses, que estaban en condiciones de atacar no solamente el área aledaña y cortar las comunicaciones por el istmo de Panamá, sino también otros puntos vulnerables del continente. A su llegada al Perú encontraría el país en un estado de intranquilidad general. El problema de mayor envergadura consistía en la sublevación promovida por unos mineros, los hermanos Salcedo, que con sus banderías habían agitado la región del sur. El movimiento amenazaba extenderse a otras regiones del virreinato. Autoritario y rígido, L. afrontó la insurrección y dirigió personalmente la campaña que culminó con la derrota de los amotinados.
Con la misma entereza resolvió la situación suscitada en Chile por las arbitrariedades del gobernador Meneses. El virrey envió a un pesquisidor y depuso a Meneses. No menos enérgicamente abordó una cuestión tan delicada como la de la mita (v.). No titubeó en declarar injusta esta forma de reclutar mano de obra, y, como primera medida, prohibió el trabajo nocturno, proponiéndose luego suprimir la obligatoriedad de esa prestación que se exigía coactivamente, sustituyéndola con jornaleros voluntarios. La iniciativa, fundada en razones humanitarias, no prosperó, pues su implantación suponía un trastorno de orden económico tan radical, que en aquellas circunstancias no era posible superar. Dentro del espíritu filantrópico que animaba su acción gubernativa, instauró una junta de desagravios a los indígenas, con la finalidad de dar curso a las quejas de los nativos y arbitrar fórmulas para aliviar su situación. Para remediar la crisis económica que afectaba a los principales yacimientos mineros, acometió la reorganización de los sistemas de explotación de las minas de mercurio de Huancavelica, con el fin de activar su producción y proporcionar primera materia tan indispensable para la amalgama de la plata en Potosí. Con la misma firmeza de que había hecho gala en otros problemas, se hizo cargo de la cuestión de las elecciones para catedráticos en la Univ. de San Marcos, con ocasión de las cuales se cometían todo género de fraudes y desórdenes populares. En 1670 ordenó suspender la provisión de todas las cátedras, hasta que la corona dictara nuevas normas y quedara garantizada la pureza de los procesos electorales. Al mismo tiempo, elaboró un plan de reforma general de la institución.
En 1671 Henry Morgan, al frente de sus piratas, invadió las costas de Chagres y saqueó la ciudad de Panamá, reduciéndola a escombros y obligando a trasladarla a otro emplazamiento. L. se apresuró a despachar un socorro consistente en l.500 soldados, 70 piezas de artillería y pertrechos. Un hecho singular bajo el mandato de este virrey fue que, durante su ausencia en el Sur del Perú para sofocar una sublevación, quedara al frente del gobierno en Lima su esposa, Ana de Castro, delegación de poderes única en los anales de la época de la dominación española. Celoso administrador de los intereses públicos, acudía en persona a vigilar el despacho de los expedientes administrativos y de los procesos judiciales. Contó con el asesoramiento de un limeño, Álvaro de Ibarra, cuyo conocimiento del país facilitó la gestión de L. En su vida íntima descolló por su intensa religiosidad; varias instituciones de asistencia social creadas durante su gobierno acreditan su preocupación por los desvalidos. Hombre más ejecutivo que deliberativo, tenía por máxima (según propia confesión) un pensamiento de su antecesor, S. Francisco de Borja: «Dios como si no hubiese medios, y medios como si no hubiese Dios». Por la energía, la decisión y la audacia en afrontar los problemas del virreinato, destaca entre los grandes virreyes del Perú. M. en Lima, en 1672. |