Iniciador del periodismo moderno. Escocés emigrado a los Estados Unidos (1795-1872), tras trabajar de simple redactor del Courier and Enquirer, fundó en 1835 el Morning Herald, que luego sería The New York Herald. Figura paralela, en cierto modo, al francés E. Girardin (v.). Éste obtuvo las primeras grandes tiradas de prensa por su vivacidad y sentido publicitario, mientras que G. B. lo hizo mediante el sensacionalismo (v.; escándalos, crímenes y sexualidad como ingredientes básicos de su información), por lo que se le conoce también como «padre del periodismo amarillo» (v. PERIODISMO VII). Egocéntrico, brillante y espectacular, con grandes dotes de mando y visión de la influible y débil naturaleza humana, convencido de que aquellos temas atraían por su morbosidad a grandes masas de lectores, comenzó a hurgar en los más recónditos rincones de la sociedad. Pero no sólo hizo del periodismo un gran negocio y una palanca político-social, sino que también lo convirtió en una empresa moderna, utilizando los más actuales recursos de la información: desde barcos rápidos propios para recoger determinadas noticias o informes, hasta el recién descubierto telégrafo Morse; en 1848, su periódico traía diez columnas de noticias telegráficas, con lo que su tirada alcanzaría los 33.000 ejemplares. Una de sus ideas más difundidas: «Un periódico puede enviar más almas al cielo y salvar más del infierno que todas las iglesias de Nueva York, al mismo tiempo que gana dinero».
Los métodos de que a veces se valía, la revelación de secretos o intimidades, los escándalos provocados, le acarrearon grandes campañas en contra, una «guerra moral» muy poco eficaz sin embargo; en definitiva, todas esas informaciones le atraían más lectores. Aunque frente a G. B. y su prensa-información aparezca Horace Greeley con el New York Tribune (prensa de opinión), lo cierto es que la fórmula G. B. iba a triunfar, adelantándose al gran movimiento norteamericano en psicología: el behaviorismo. Lo que importará es el hecho, la noticia, y no las teorías o comentarios. Había que informar de todo, y para ello se rodeó de reporteros y corresponsales, abriendo al mundo exterior la prensa localista. Rompió primero el monopolio que la prensa de Washington tenía sobre las noticias del Senado y, desde 1838, tuvo corresponsales en las principales capitales de Europa. Entre sus grandes aportaciones a la técnica periodística hay que señalar la de publicar por primera vez una entrevista dialogada (New York Herald, 16 abr. 1836). Creía posible, a pesar del sensacionalismo (que, por lo demás, escandalizó en su tiempo y hoy sería considerado tímido) atraer no sólo a las masas, sino también a la buena sociedad, a los ilustrados. J. Altabella relata cómo en cierta ocasión en que la esposa de G. B. emprendió sola un viaje a Europa, éste publicó las cartas que ella le escribía desde Italia... lo cual escandalizó estrepitosamente a las damas norteamericanas; en cambio, entretuvo mucho a los hombres, que era precisamente lo que deseaba.
Durante la ancianidad de G. B. le sucedió como director del periódico su propio hijo. James G. B. hijo fue el que en 1871 (aún vivía G. B.), envió a su corresponsal H. M. Stanley a África en busca de Livingstone, con el espectacular éxito conocido. G. B. hijo, que heredó el temperamento además del nombre, viajó por todo el mundo en su yate Lysístrata, en constante conexión con sus dos redactores jefes: el de Nueva York y el de París. Figura paralela a vez a la de William Randolph Hearst (v.), influyó decisivamente en la política de su tiempo. Fue el gran defensor de la causa aliada en los Estados Unidos y, como consejero del presidente Wilson, le inclinó a entrar en la I Guerra mundial en contra de los Imperios centrales. G. B. hijo moriría, sin embargo, sin ver terminada la gran conflagración, el 14 mar. 1918. Aunque ni el padre ni el hijo aceptaron cargos políticos o diplomáticos, su intervención en la historia de su tiempo fue, sin duda, decisiva. |