N. en Castuera (Badajoz) el 12 mayo 1767; m. en París el 1 oct. 1851 [en rue de la Michodiére (desaparecida)] ; se halla enterrado en el llamado «islote de los españoles» del cementerio del P. Lachaise. Hijo del coronel José Godoy, de familia hidalga, y de María Antonia Álvarez de Faria, de estirpe portuguesa. En sus Memorias, G. declara que recibió instrucción de Mateo Delgado, después obispo de Badajoz, y de su primo Alonso de Montalco, luego canónigo de la catedral de Granada. En 1784, su hermano Luis, seis años mayor que él, le llevó a Madrid y le hizo ingresar en la Compañía de Guardias de Corps, a la que él mismo pertenecía. Continuó en Madrid sus estudios con el P. Enguid, de la Orden del Espíritu Santo, y después, en los escolapios, con el P. Estala. Entonces, «se puso en relación con el elemento mesocrático estudiantil», inquieto y ávido por las corrientes científicas, literarias y políticas de la «última moda francesa».
Carrera de ascensos. Una tarde de septiembre de 1788, corriendo como batidor de la Princesa de Asturias María Luisa, camino de La Granja a Segovia, cayó del caballo; la princesa mandó detener el coche y por este accidente fue presentado pocos días después al príncipe Carlos, iniciándose a partir de entonces una amistad inquebrantable que perduraría hasta la muerte de los reyes en 1819, en Roma, y que sería el fundamento y causa de la vertiginosa carrera de ascensos que comenzó con la subida al trono de Carlos IV (v.): subbrigadier, brigadier de Guardias, caballero de la Orden de Santiago, exento en propiedad de la Compañía de Reales Guardias de Corps, brigadier y ayudante general de la Guardia (16 en. 1791), mariscal de campo (3 feb. 1791), teniente general (16 jul. 1791). El 15 nov. 1792 fue nombrado primer secretario de Estado o del Despacho Universal. Tenía 25 años de edad.
Llegó a reunir 14 títulos nobiliarios, y cantidad de distinciones y prebendas (C. Pardo González, Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, Madrid 1911) hasta los de generalísimo, almirante Mayor de España e Indias y primer ministro. Sus sueldos llegaron a sumar 90.000 reales y sus rentas 2.251.000. Su vertiginosa ascensión se atribuyó en su tiempo a la protección apasionada de la reina María Luisa. Esta voz de escándalo la mantuvieron constantemente sus enemigos, con anécdotas de toda especie, y se ha mantenido en la Historia condensándose en la biografía obsesiva de Madol (v. o. c. en bibl.), que no excluye al propio Carlos IV de análoga atracción morbosa. Ciertamente, la correspondencia particular de ambos reyes con «el único amigo que tenemos», revela una amistad firme y resistente a toda prueba, con términos de confianza y de sincero afecto en los monarcas y de entrañable sumisión y entrega en el favorito.
Política de Godoy. La acumulación de empleos, dignidades y rentas desde la subida al trono de Carlos IV, culminó el 15 nov. 1792 con su nombramiento como primer secretario de Estado o del Despacho Universal. Sucedió al conde de Aranda (v.), que había aceptado el cargo con carácter interino. La prisión de Luis XVI prevenía la guerra contra los revolucionarios de Francia, y Aranda, con criterio militar y político, se resistía a la aventura de la guerra. G. se mostró partidario de ella, como defensor de la monarquía y de la casa de Borbón, en el momento agudo de la crisis revolucionaria. Firmó el convenio con Inglaterra, y España se incorporó a la primera coalición. La guerra contra la Convención Nacional francesa, iniciada victoriosamente, concluyó con desastre y la desgraciada paz de Basilea (22 jul. 1795), por la que G. fue recompensado con el título de príncipe de la Paz.
Su amante fue Pepita Tudó, de la que tuvo dos hijos,Manuel y Luis. Consiguió para ella los títulos de condesa de Castillafiel y vizcondesa de Rocafuerte; no obstante, los reyes, para honrarle más, le casaron con María Teresa de Borbón y Villabriga, hija de D. Luis, hermano de Carlos III, casado morganáticamente. Carlos IV, sin embargo, le restituyó el título, rango y honores de infanta real. De la condesa de Chinchón tuvo G. a Carlota, duquesa de Sueca, que no quiso tratos con su padre en el destierro. Muerta la condesa en 1829, G. se casó con Pepita Tudó, que le abandonó algunos años después.
La política del príncipe de la Paz ha sido calificada de funesta para la nación, considerándola como de constante sumisión y claudicación a la política francesa, porque el desenlace del reinado llevó a la invasión de las tropas napoleónicas, a las bochornosas escenas de Bayona y a la guerra de la Independencia (v.). Considerados los hechos del reinado, aliviando el lastre de acusaciones personales ante las realidades de la época, deben apreciarse las dos vertientes por las que se deslizaron sus afanes políticos: los problemas interiores y la política exterior. En los dos planos, solamente contó con el firme apoyo de los reyes y la seguridad en sí mismo, fuentes de su envanecimiento y de su ambición, y de su aislamiento ante la crisis interior y del ataque exterior. Su vida política desde su nombramiento como secretario de Estado muestra tres etapas: la primera hasta 1798 (23 de marzo) en que fue sustituido por Francisco de Saavedra; la segunda hasta 1801, en que se mantiene reducido a su vida privada hasta renovar reforzadamente el valimiento con los monarcas; la tercera desde 1801, en que sin ostentar nombramiento, ni puesto alguno en el gobierno de la nación, porque la Secretaría de Estado fue encomendada a su primo Pedro Ceballos, de hecho todos los asuntos de la política de los reinos peninsular y ultramarinos, la distribución de cargos y empleos y la dirección de la política exterior dependieron absolutamente de la voluntad del favorito de los reyes, llevando a sus últimas consecuencias, como ejemplo vivo, el despotismo ministerial, formal y públicamente condenado, desde finales del reinado de Carlos III, por las corrientes ideológicas desarrolladas con ritmo creciente en España.
Fue patrocinador constante de las ideas de la Ilustración (v.) y del progreso científico; contó como propagandistas entusiastas con las figuras más calificadas de las letras: el P. Estala, Capmany, Forner, Llorente, J. Bautista Muñoz, Meléndez Valdés, Hervás y Panduro, Leandro Fernández de Moratín; fue dispensador generoso de gracias y mercedes. Gil de Zárate escribió: «Para el historiador de la Instrucción Pública en España, no podrá menos que considerarle como uno de los hombres que más han hecho en este país para derramar en él conocimientos útiles». Se crearon en su tiempo el Instituto Pestalozziano, la primera Escuela de Veterinaria (1793), el Real Colegio de Medicina, Cirugía y Ciencias Físicas Auxiliares (1795), la Dirección de Trabajos Hidrográficos, la junta de Comercio General (origen del ministerio de Fomento), la primera Escuela de Ingenieros de Caminos, Puentes y Calzadas, el Gabinete de Máquinas del Buen Retiro, la Escuela de Construcción de Instrumentos ópticos, el Real Observatorio Astronómico, la Escuela de Arquitectura Hidráulica, la Escuela de Ingenieros Industriales, las cátedras de Física, Química y Botánica aplicadas a la Medicina, el Colegio de Sordomudos dependiente de la Sociedad Económica Matritense, etc.
Caída de Godoy. La nobleza confió, al principio, en contar con él para recuperar el poder, pero su pensamiento político («Poca democracia... otra dosis igual de aristocracia y una dosis monárquica bien fuerte, atemperada por entrambas») la desilusionó y la puso enfrente. La política eclesiástica regalista y desamortizadora, la incorporación de bienes de manos muertas y de señoríos, y la fama de su vida privada, arrastró también la oposición del clero secular y regular. La crisis económica por la guerra contra Inglaterra y el corte del comercio con Ultramar, la inflación general de los precios y la desvalorización de la moneda cortaron el desarrollo económico floreciente y sembraron el descontento general. El Ejército y sobre todo la Marina desatendida y, por ello, continuamente derrotada, mandados por miembros de la nobleza, se situaron también en contra. Por último, el propio príncipe de Asturias, Fernando, se puso al frente de la oposición. En el «cuarto del Príncipe», el partido llamado napolitano, por el origen de la princesa de Asturias, María Antonia, se tramó la conspiración llamada «la conjura del Escorial», fracasada, en la que se manifestó también el antagonismo del Consejo Real que absolvió a los procesados.
Toda su política exterior desde 1795 parece inspirada por un fuerte patriotismo, con la voluntad de mantener la independencia española frente a las presiones opuestas de Francia e Inglaterra. Puede afirmarse que cuando todas las potencias europeas habían sido derrotadas, sometidas y humilladas por el emperador francés desde 1795 hasta 1808, solamente España había quedado libre de la guerra, salvo la mantenida contra Inglaterra en defensa de sus reinos de Ultramar. La dificultad de la política exterior española durante el reinado de Carlos IV parece condicionada, no sólo por la defensa del Imperio contra Inglaterra y de la Península contra Francia, sino por los sentimientos familiares de Carlos IV, preocupado por Parma y luego por los reinos de Etruria y Portugal, de los que sus hijas eran reinas. La audaz amenaza de G., lanzada contra Napoleón (v. NAPOLEÓN I DE FRANCIA) antes de su victoria en Jena (1806), hizo imposible la confianza del Emperador para la solución encomendada por G. a su agente en París, Izquierdo, y que por el tratado de Fontainebleau (27 oct. 1807) daba al príncipe de la Paz el sur de Portugal y honrosa salida de España; a los destronados reyes de Etruria, el norte de dicho reino; y a Napoleón el pretexto para adueñarse de la Península. En el motín de Aranjuez (v.) de 19 mar. 1808, consiguieron al fin sus enemigos, junto con la abdicación de Carlos IV, la caída de G., que quedó luego bajo la protección del general Murat y enviado a Bayona, donde se unió a Carlos IV en el destierro en Francia y en Roma. En 1832, se trasladó a París donde residió hasta su muerte. Publicó sus Memorias (París 1836-37). Vivió gracias a la pensión que le dejó su primera mujer. Uno de sus biógrafos concluye su apología diciendo: «lo fue todo: dueño del destino de España y de la acción de los reyes, y fuera de las fronteras, rival de Bonaparte y, en cierto momento, balanza de Europa». |