|
Pintor francés de fines del s. XIX. La imagen legendaria del «aduanero» R., celebrado por la vanguardia de 1908 como el prototipo del «pintor de instinto», del «primitivo moderno», creó durante muchos años la confusión alrededor de su vida y arte. Ahora a través de investigaciones recientes (Certigny, Dora-Vallier) la cronología de su obra se dibuja mejor; pero el hombre, al despojarse de algunas leyendas, no aparece menos complejo.
N. en Laval, oeste de Francia, el 20 mayo 1844, hijo de un modestísimo comerciante, cuya quiebra interrumpió sus estudios en 1860, R. tuvo que alistarse en la infantería, y después de cuatro años de servicio militar (pero en Francia, no en la expedición de México como lo daba a creer), empezó en 1871, ya casado, una carrera de empleado municipal en los fielatos del sur parisino (Auteuil, Vanver) que le iban a proporcionar muchos temas de paisajes. Descubriendo su vocación pictórica, copia en el Louvre, y a los 40 años abandona la Administración. Dos veces viudo, vive pobremente dando lecciones de dibujo y violín a los chicos de su barrio, o tocando en orquestas de aficionados. Pero a partir de 1886 expone en los salones de «Artistas Independientes», llamando la atención de figuras tan relevantes y diversas como Pissarro y Lautrec, Puvis de Chavannes y Redon, admirado después por la nueva generación de poetas y pintores, Jarry, Apollinaire, Delaunay, Braque y Picasso: éste le organiza en 1908 en su bateau-lavoir un homenaje memorable, medio fervor, medio broma; es precisamente cuando R. está procesado por haber tomado parte, inconscientemente al parecer, en una estafa organizada por un compañero de orquesta, y cuando varias galerías empiezan a comprar sus obras. El 4 sept. 1910 m. en París este hombre singular, autodidacta infantil y mitómano, bondadoso y sentimental, laico y republicano, creyente en la fraternidad universal, modesto y vanidoso, ingenuo y astuto, pero sobre todo maravillado por la belleza siempre nueva del cielo, de los árboles, de las flores.
De ahí el carácter de su obra, respetuosa de las glorias académicas, inspirada a veces por Bonnat en retratos, por Gérome en composiciones como Inocencia, lo mismo que por periódicos ilustrados o tarjetas postales, pero completamente original y seductora por el color fresco y brillante, tan arbitrario a veces como la perspectiva, por la geometría clara y autoritaria de la composición, por las formas agudas y la minuciosidad ya surrealista del detalle. A su temática permanente de paisajes suburbanos, todavía idílicos, pletóricos de árboles, carros y vacas, incluso con algún dirigible o avión primitivo en el cielo, a sus maravillosas flores, a sus retratos monumentales y simbólicos (Yo mismo, Praga; El poeta y su musa, Moscú; El pasado y el presente, etc.), se añaden a partir de 1889 composiciones poéticas (El centenario de la independencia, 1892, Düsseldorf; la grandiosa Guerra de 1894, Louvre; la Gitana dormida de 1897, Nueva York) y sobre todo, en los últimos años, paisajes exóticos de selvas, leones, tigres o monos, que asocian recuerdos de casas de fieras con sueños poéticos extratemporales (Eva, Hamburgo), y cuyo encanto extraño abrió a R. las puertas de los museos. |