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Gran Enciclopedia Rialp: Humanidades y Ciencia. Última actualización 1991
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García Moreno, Gabriel
Categoria:
Biografía GER
Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A.
Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L.
Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio (electrónico, informático, mecánico, fotocopia, etc.)
    Vida y actividades públicas. Político ecuatoriano, dos veces presidente de la República, n. en Guayaquil el 24 dic. 1821. Una de las más robustas personalidades de Hispanoamérica en el s. XIX y, sin duda, el más notable magistrado del Ecuador, cuya nacionalidad consolidó, realizando bajo signo católico militante una poderosa obra civilizadora. Hijo de Gabriel García Gómez, castellano de la provincia de Soria, y de Mercedes Moreno, aristócrata de Guayaquil, quedó tempranamente huérfano de padre. Estudió en Quito, graduándose en la Univ. Central de Derecho en jurisprudencia. Alternaba la política con las matemáticas, el andinismo, su profesión, la poesía y el periodismo en publicaciones ocasionales, manifestándose impetuoso, iracundo y violento, pero también propugnador de una verdadera transformación literaria. A los 28 años viaja a Europa y vuelve llevando a los jesuitas, ausentes del Ecuador desde su expulsión por Carlos 111. Implacable opositor del presidente Urvina, quien volvió a desterrar a la Compañía de Jesús, G. M. escribe una Defensa de los jesuitas. Desterrado en 1853 al Perú, en 1855 viaja por segunda vez a Francia, dedicándose al estudio de las ciencias. De vuelta en Quito, como rector de la Univ. Central, promueve los modernos métodos de laboratorio químico y, como senador por Pichincha en el Congreso de 1857, lucha por la abolición del tributo a los indios, se opone a la masonería y proyecta la Ley de Instrucción Pública. En 1858 encabeza la oposición al presidente Robles, que le destierra nuevamente al Perú. Desde mayo de 1859, como miembro del Gobierno provisional, acaudilla la lucha contra el militarismo de los generales Urvina, Robles y Franco, este último proclamado jefe supremo del Guayas.
      Durante 1859 y 1860 se produce una grave crisis en Ecuador, amenazado y luego invadido y en parte ocupado militarmente por el mariscal Ramón Castilla, presidente del Perú. Al comienzo, G. M. sostiene conversaciones con éste, pero cuando la acción militar peruana se convierte en franca invasión del país, encabeza la lucha nacional contra el tratado de Mapasingue, suscrito por Castilla y Franco, que cercena gravemente el territorio del Ecuador. Ante el simultáneo fraccionamiento del territorio de la República en tres Gobiernos irreconciliables, G. M. propone, como medida desesperada, la posibilidad de convertir Ecuador en un protectorado francés que aunque no llega a concretarse se convierte en motivo de grave acusación por sus adversarios. Logra empero unificar el país y obtiene el apoyo de Juan José Flores (v.), con cuya ayuda, tras difícil campaña militar, G. M. ocupa Guayaquil en batalla campal (24 sept. 1860), expulsa a Franco, que emigra al Perú, adonde poco antes se ha retirado Castilla, y denuncia el tratado de Mapasingue, rechazado luego también por el Congreso peruano. Triunfante G. M., restaura la bandera tricolor bolivariana, que aún rige, inicia en el país el sufragio universal y directo y la representación proporcional al número de electores, pone en vigencia el CC redactado para Chile por Andrés Bello, y convoca la Asamblea Nacional que dicta la Séptima Constitución política y elige a G. M. presidente (1861-65). Le sucede jerónimo Carrión, quien le nombra ministro plenipotenciario en Chile, pero aquél cae en 1867, y apoyado por G. M., es elegido Javier Espinosa para completar el periodo. Designado gobernador de Imbabura, para afrontar la hecatombe producida por el terremoto de 1868, G. M. Desempeña el cargo con abnegación. Acusado Espinosa de no tomar medidas para impedir una revolución extremista, fue derrocado por el propio G. M. (16 en. 1869), quien se proclamó jefe supremo y convocó nueva Convención Nacional que dictó la octava Constitución política, llamada Carta Negra por sus opositores, por conceder poderes excesivos al jefe del Estado y determinar que sólo los católicos eran ciudadanos. La Constitución fue aprobada por aplastante plebiscito y con ella gobernó nuevamente G. M. (1869-75).
      Alto, fornido, mirada magnética, temperamento huracanado, enérgico y constante, trabajador infatigable y eficaz, talento universalista, sólida preparación intelectual y moral, serenidad y palabra fogosa, G. M. tenía un espíritu dominante. Luchó contra el regalismo, el regionalismo, el militarismo, la anarquía, la incultura y el liberalismo jacobino. Profundamente religioso y optimista, ponía en todo los medios humanos necesarios. Partidario, como Portales y Rocafuerte, de un gobierno de mano dura, requería leyes con amplias facultades. Sostenedor de la pena de muerte para asesinos, ladrones y revoltosos, la aplicó sin vacilar. Fundamentaba en una honradez a toda prueba la buena administración. Su fuerte temperamento se desbordó con frecuencia y cometió errores, excesos y desviaciones, logrando sólo con el tiempo domar su carácter apasionado.
      Programa de gobierno y realizaciones políticas. G. M. procuró siempre el férreo cumplimiento de su programa: frenar la demagogia, consolidar la moral pública fundada en la religión, fomentar la enseñanza, abrir vías de comunicación, reorganizar la hacienda pública. Para ello se rodeó de eficaces colaboradores, como Juan León Mera, insigne autor del himno nacional. La oposición, dirigida desde el Perú por Urvina, provocó motines internos e invasiones armadas desde el exterior, pero G. M. la reprimió sin contemplaciones, fusilando aproximadamente, en su década de gobierno, a 50 cabecillas, algunos de ellos de importancia, lo cual le creó una persistente fama de crueldad que no logró atenuar con numerosos indultos concedidos en 1861 y 1864 y anualmente de 1869 a 1873. En las relaciones internacionales, G. M. invitó a los presidentes de Nueva Granada y Venezuela a constituir la Gran Colombia; ofreció su mediación en el conflicto hispano-peruano; cortó las relaciones con México a causa de la instauración del Imperio bajo Maximiliano; sostuvo buenas relaciones con las demás naciones y mostró firmeza frente al Perú, manteniendo la soberanía ecuatoriana sobre los afluentes norteños del Amazonas, hasta Mazán, en la desembocadura del Napo. Pero con Colombia se enzarzó durante su primer periodo en dos acciones de armas, que pudieron ser evitadas y que no le fueron favorables, felizmente sin consecuencias fatales gracias a los arreglos diplomáticos que dieron fin honorable a ambas contiendas y permitieron las buenas relaciones posteriores.
      Disciplinó el ejército, sometiéndole a ordenanzas tomadas de la legislación militar española; creó la Escuela de Artillería y restauró las Escuelas Militar y Náutica; inició las Guardias Nacionales y dotó a las fuerzas armadas de cuarteles y material bélico terrestre y naval. Reestructuró las finanzas, fundó el Tribunal de Cuentas, dictó la primera ley de Hacienda, castigó sin piedad a los defraudadores, mejoró la recaudación sin nuevos impuestos, pagó buena parte de la deuda pública e inició las Cajas de Ahorro y el crédito hipotecario agrícola. Se destaca la construcción de obras públicas; edificios administrativos y asistenciales; obras portuarias; penitenciarías; las primeras vías de tránsito rodado, en especial la iniciación (44 Km.) del ferrocarril GuayaquilQuito y la carretera Quito-Riobamba-Sibambe (300 Km., 100 puentes, 400 acueductos), obras vitales y revolucionarias para la época. Su fecunda labor destaca más en lo educacional: dictó la primera ley de Instrucción, estableció la obligatoriedad escolar, fundó la primera escuela normal indígena; llamó a los Hermanos de las Escuelas Cristianas para enseñar a los niños; a las religiosas de los Sagrados Corazones y de la Providencia para las niñas; a las Hermanas de la Caridad para los hospitales; a las del Buen Pastor para reeducación femenina; a los jesuitas para los jóvenes y las misiones amazónicas, y a los lazaristas para los seminarios; fundó escuelas y colegios, dotándoles de locales nuevos o mejorando los existentes; modernizó la enseñanza universitaria de medicina; fundó el Conservatorio de Música, las Escuelas de Bellas Artes, de Artes y Oficios y la Politécnica; triplicó la inversión fiscal en obras educativas y aumentó en un 250% (hasta 32.000) el número de alumnos; construyó el Observatorio Astronómico, estableció los primeros museos y el primer Jardín Botánico, concedió abundantes becas, protegió a los artistas enviando varios a Europa y llamó a numerosos expertos y sabios extranjeros.
      Punto principal de la obra de G. M. fue la firma del Concordato con la Santa Sede por el cual se regularizaron las relaciones con la Iglesia, se puso fin al Patronato y se inició la reforma del clero (1863). Obtuvo la erección de nuevas diócesis en Ibarra, Riobamba y Loja. En 1871 G. M. protestó por el despojo de los Estados Pontificios realizado por Víctor Manuel de Saboya. Pío IX, prisionero en el Vaticano, agradeció a G. M. condecorándole con la Orden Piana y enviándole como reliquia el cuerpo del mártir San Ursicino, que ahora se venera en la catedral de Quito. El 25 mar. 1874, previa autorización del Congreso, G. M. preside la consagración oficial del Ecuador al Corazón de Jesús, ejemplo que siguieron otras naciones, entre ellas España. Estos actos coincidentes con el progreso del Ecuador, con el dominio en grado heroico que G. M. hizo de su fuerte temperamento, con la imposibilidad de acción de las logias en el país, le atrajeron el odio de determinados sectores. En mayo de 1875 tuvieron lugar las elecciones presidenciales en las que triunfó abrumadoramente G. M., reelecto con mayor votación que la del plebiscito de 1869. Juan Montalvo, gran panfletista liberal, al saberlo, editó en Panamá su corrosivo folleto La dictadura perpetua, que enardeció a la oposición. En El Tradicionista de Bogotá, Miguel Antonio Caro denunció que la masonería había resuelto matar a G. M. El 6 ag. 1875, cuando G. M. iba al palacio del Gobierno, en Quito, varios conjurados liberales acabaron con él. La autopsia reveló heridas de machete y bala, ocho de ellas mortales. «Mi pluma lo mató», exclamó jactanciosamente Juan Montalvo al saber la noticia.
      Las últimas frases escritas aquella mañana en el mensaje presidencial que llevaba G. M. en la mano, y que fue recogido ensangrentado, decían: «La República ha gozado de seis años de paz... y ha marchado resueltamente por la senda del verdadero progreso, bajo la visible protección de la Providencia... Si he cometido faltas, os pido perdón mil y mil veces... Si creéis que en algo he acertado, atribuidlo primero a Dios y a la Inmaculada dispensadora de su misericordia... ». La muerte de G. M. conmovió al mundo católico. Para el Ecuador fue un rudo golpe; G. M. había organizado el país afirmando su personalidad internacional e iniciando la integración de sus regiones; lo había culturizado y estructurado. Y aunque el odio de algunos sectores y las diatribas no han cesado, comenzó también su exaltación gloriosa. Ningún ecuatoriano ha merecido los elogios que él ni ha logrado que su nombre sea más universalmente conocido. Pío IX le llamó «vengador y mártir del Derecho cristiano»; dijo que murió «víctima de su fe y de su caridad cristiana hacia su Patria», y constribuyó de su propio peculio para levantarle un monumento en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma, en el que se le llama «defensor de la Iglesia y de la República». «Fue el campeón de la Fe Católica... Murió por la Iglesia a manos de los impíos», dijo de él León XIII. Y Pío XII le llamó «gobernante genial, fiel hijo de la Iglesia, mártir de su fe». Entre los pensadores españoles, Menéndez y Pelayo le calificó como «uno de los más nobles tipos de dignidad humana que en el presente siglo (XIX) pueden glorificar nuestra raza. La República que produjo tal hombre puede ser pobre, oscura y olvidada, pero con él tiene bastante para vivir honradamente en la historia».
J. SALVADOR LARA.
    BIBL.: R. AGRAMONTE, Biografía del dictador García Moreno, La Habana 1935; R. PATTEE, García Moreno y el Ecuador de su tiempo, México 1944; M. GÁLVEZ, Vida de don Gabriel García Moreno, Madrid 1945; L. ROBALINO DÁVILA, García Moreno, Quito 1949; W. LOOR, Cartas de García Moreno, 4 vol., Quito 1953-66; B. CARRIóN, El Santo del Patíbulo, México 1959; S. GóMEZ JURADO, Vida de García Moreno, 8 vol., Quito 1954-66, W. LOOR, García Moreno y sus asesinos, Quito 1966.
     

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.
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