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Emperador romano (81-96). N. el a. 51. Se distinguió en Roma durante el a. 69 luchando en nombre de su padre, Vespasiano (v.), contra los partidarios de Vitelio. Pudo salvarse con dificultad en la represión subsiguiente. Proclamado su padre Emperador, fue nombrado César como su hermano Tito (v.). Desempeñó un importante papel político durante los primeros días del a. 70, antes de la llegada de su padre a Roma. En los años siguientes vivió en el anonimato, hasta la muerte de su hermano.
Emperador. No parece que el reconocimiento de D. como sucesor de Tito provocara dificultades. La acusación de haber envenenado a Tito es una calumnia recogida por la historiografía senatorial. Su alejamiento de la vida pública, unido a cierta soberbia que manifestó ya en la adolescencia, provocó en él un especial resentimiento. Su temperamento rígido, sin capacidad para componendas, y su visión sistemática de las tareas del Estado y los deberes del príncipe, le condujeron al choque con la aristocracia senatorial. No fue arbitrario, como Calígula (v.) o Nerón (v.), en su vida pública - su capacidad como administrador no puede negarse -, pero sí lo fue en su vida privada. Dado su temperamento, sus ideas, no desconocidas, se manifestaron apenas proclamado Emperador. Acumuló los cargos habituales, 17 consulados, y otros nuevos como el de censor perpetuo, acuñado exprofeso. Ni obcecado ni megalómano, organizó con carácter definitivo el consejo privado imperial. Su política siguió claramente la de su padre más que la de su hermano. Se interesó por todos los aspectos del gobierno con igual severidad para sí que para los demás. Preconizó una política moralizante en lo público que no tenía equivalente en su vida privada -el adulterio de su esposa Domicia Longina y el concubinato con su sobrina Julia -, y que fue propaganda válida para sus enemigos. Convencido de la imposibilidad de hallar colaboración por parte del Senado, no ocultó su oposición al mismo, ni ahorró persecuciones o castigos. Respetando la dignidad de la clase aristocrática - como prueban muchas de sus medidas moralizadoras -, no se inhibió de atacar a los miembros. Fue grato al ejército, no sólo por el justo aumento de las pagas, sino por sus victorias. Fue generoso, quizá sin elegancia, con el pueblo de Roma. Le rodearon conjuras, conspiraciones y algún intento de usurpación, como el de L. Antonio Saturnino el a. 89, fomentado por la aristocracia senatorial. Conspiración y delación marcharon de nuevo unidas y con ellas las ejecuciones y confiscaciones. La muerte de Julia empeoró su carácter y corresponden a aquellos años los castigos más severos. No obstante este aspecto del reinado de D., el más recordado bajo Nerva (v.) y Trajano (v.) por los historiadores senatoriales, como Tácito (v.) y Plinio el joven (v.), no es el único ni el más importante de su reinado. El grupo político dominante bajo Nerva y Trajano había servido fielmente, como los dos emperadores, a D., y algunos de sus detractores no podían considerarse limpios de culpas.
En la administración de D. los equites alcanzaron posiciones notables; por vez primera formaron parte del consejo privado, singularmente en la administración económica. D. tuvo en este aspecto ideas claras, sin ser derrochador ni poder ser acusado de avaricia como Vespasiano. En el ejercicio del poder judicial se mostró severo, no dudando en aplicar incluso leyes caídas en desuso (procesos de las vestales en los a. 83 y 91). Siguió la política de Vespasiano, favoreciendo la concesión y el acceso de los habitantes de las provincias a la ciudadanía romana. Normas poco conocidas tendieron a proteger la agricultura de Italia. Sufragó obras públicas en Roma y las provincias. Las necesidades militares impusieron la creación de nuevas provincias, las dos de Mesia y las dos de Germania. Su política oriental tendió a la incorporación de los Estados vasallos, Calcis e Iturea, sin luchas ni resistencias.
La política fiscal de D. se caracterizó más por su vigilancia y cumplimiento que por nuevas imposiciones. Pese a sus gastos en obras públicas, el coste de guerras y de trabajos militares, consiguió no ya el equilibrio del balance sino un superávit. En política religiosa fue tradicionalista, como severo en la justicia. Toleró las religiones orientales, pero sólo la de Isis gozó de su protección, pues al favor de la diosa atribuía su salvación el a. 69. Sus guerras fueron numerosas y victoriosas, aunque no siempre de especial importancia. El a. 83 derrotó a los catos en Germanía (v.) y consolidó las defensas fronterizas. Su guerra dácica, a. 85-86, concluyó con una derrota, pero no así sus operaciones en Mauritania (v.). La nueva guerra dácica del a. 88, continuada hasta el 93 con luchas en Panonia, obligó a Decébalo a pedir la paz. No intentó, quizá por mayor prudencia, incorporar Dacia (v.) como lo haría Trajano, pero su guerra no puede considerarse rematada con una paz deshonrosa, como pretendería la historiografía senatorial. No emprendió campañas en Oriente, si no se considera tal la lucha contra un «falso Nerón» apoyado por los partos, pero mantuvo las posiciones y líneas fronterizas que estableciera Vespasiano.
En los últimos años del reinado (92-96) aumentan las referencias sobre conjuras, ejecuciones y confiscaciones. A este momento parece corresponder la orden de expulsión de los filósofos, entre ellos Epicteto (v.), considerados instigadores de la oposición. A este momento se atribuye una persecución contra los cristianos, entre ellos el primo de D. Flavio Clemente y su esposa Domitila, otra persecución contra los judíos y la persecución de Apolonio de Tiana. Corresponde también a estos años el exilio de S. Juan a la isla de Patmos.
La conjura que le dio muerte (18 sept. 96) fue una conjura de corte, que unía a siervos propios, de Domitila, senadores y prefectos del pretorio. Los pretorianos no participaron en el asesinato y, más tarde, impondrían a Nerva la ejecución de los asesinos. Con él concluía la dinastía fundada con su esfuerzo y que tuviera por primer soberano a su padre. Ya Juvenal le comparó con Nerón («Nerón calvo»), pero esta comparación es injusta. Su obra política y administrativa, aparte su falta de simpatía personal, ni carece de méritos ni es indigna de la tradición política de la dinastía. |