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Con el nombre de a. (en griego, epifónesis; en latín, conclamatio, laudatio), se entiende el clamor o manifestación vocal estentórea, a menudo formulada rítmicamente o en forma coral, con la cual una muchedumbre recalca la alabanza, el aplauso o el deseo de felicidad a una persona, o por el contrario, la desaprobación, el disgusto o sus exigencias sobre algo.
La a. es un patrimonio de la humanidad de todos los tiempos, pues las colectividades humanas, antiguas o modernas (piénsese en los espectáculos deportivos, teatrales, musicales o políticos de nuestra época) han expresado espontánea e instintivamente, por este medio, su adhesión o su repulsa. De la a. originalmente espontánea e improvisada, se ha derivado hacia fórmulas aclamatorias consagradas por el uso. Los persas aclamaban a su rey en la ceremonia de la coronación. El pueblo de Israel hacía lo mismo, con expresiones que han llegado hasta nosotros, como «viva el rey», «viva el rey para siempre» (1 Sam 10, 24; 2 Sam 16, 16; 1 Reg 1, 25.31.34.39; 2 Reg 11, 12; etc.) y la más peculiar del hosanna, petición de ayuda para la victoria, derivada luego a salutación al rey con el significado de «viva». Influenciada por Alejandría, donde la técnica de la a. llegó a su mayor perfección, la Roma imperial fue muy dada a las a. y se transcribía en los documentos el número de veces que se habían repetido: « ¡Claudio Augusto, los dioses te guarden! (dicho 70 veces)», algo así como hoy se hace constar en las crónicas teatrales el número de veces que se alza el telón al final de la representación. Se aclamaba a los emperadores con el io triumphe!, a los esposos en las bodas; se aclamaba en el teatro, en el senado, donde a decir de Plinio «nada se hacía, aun vulgar y minúsculo, que no se entretuvieran en a. a los príncipes» (Panegírico, 54, 3); se aclamaba a los muertos, cuyas lápidas sepulcrales han perpetuado los vale, vivas, sit tibi terra levis.
Más tarde la a. deriva por vías de adulación y profesionalismo: los aclamadores mercenarios a sueldo de los emperadores, de los directores de juego en el circo, y, en la época bizantina, los poetas y compositores que escriben himnos de alabanza para ser interpretados por un grupo de cantores. |