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Sentido religioso de las alianzas. A. equivale a pacto o convención. En todos los pueblos, tanto modernos como antiguos y primitivos, tienen las a. gran importancia: de ellas depende la paz, la sociabilidad, la convivencia. Especial coloración revisten en los pueblos nómadas, cuya vida, en parte solitaria, se enriquecía intensificando las relaciones de hospitalidad, comercio, etc. La importancia humana de las a. hace que, cuando el hombre vive en un ambiente religioso, vea en ellas no un acto que se consuma sólo entre hombres, sino que debe referirse a Dios, con el que está relacionada nuestra vida y del que depende nuestro destino. De ahí que, con gran frecuencia -tanto en los pueblos primitivos como en los históricos- las a. o pactos estén acompañados de invocaciones a Dios o de ritos sagrados en los que, de una manera u otra, se pone a Dios por testigo de la propia decisión de ser fiel a lo pactado, se pide su protección, etc.
La a., en el derecho antiguo, pertenece, frecuentemente, al grupo de los contratos de vasallaje. Pactos que no se pueden considerar como unilaterales, aun cuando las partes no sean iguales, ni sean tampoco iguales los derechos y obligaciones originados, pero que reflejan esa diversidad. Las a. suelen presentar el esquema siguiente: un prólogo histórico, unas estipulaciones, unas disposiciones garantizadoras, una lista de testigos, y unas bendiciones y maldiciones. En el prólogo histórico se relatan los hechos que justifican la a., describiéndose las relaciones que existen entre los aliados. En las estipulaciones el soberano se compromete a proteger al vasallo y éste a su vez promete obediencia, no buscar ayuda en otro señor, no actuar contra los demás vasallos del rey, acudir siempre a él en caso de litigio.
Las frecuentes guerras entre tribus y pueblos primitivos dan lugar frecuentemente a las a. La dimensión religiosa antes mencionada hace que se celebren ante la divinidad y el lugar donde se realizan se considera sagrado, creyendo que de él brota la vida y la paz. Por eso no está permitido matar en ese recinto sagrado, ni aun a los animales. Para entrar en él es preciso despojarse de las armas, ya que en ellas late la muerte y el lugar sacro está lleno de vida. A veces estas a. se ratifican con un banquete sacrificial que une entre sí a los participantes creando entre ellos una comunidad (V. BANQUETE SAGRADO). El que había sido comensal de un mismo banquete sacrificial no podía ser considerado como un extraño, y menos como un enemigo. Por esta razón no se admitían en estos banquetes ni a los esclavos ni a los extranjeros. Además de esta comida en común, había una serie de ritos y ceremonias que cambian según los pueblos. Un rito muy común es el de la sangre. Consiste en hacerse incisiones hasta que brote la sangre de los pactantes. Después se la beben mezclada una con otra en un recipiente, o meten las manos en él. En la sangre está el principio de la vida, intentando con esa mezcla el fundir las vidas de las dos partes aliadas hasta que sean una sola. A veces esa comunidad de vida se verificaba derramando parte de la sangre de las víctimas sobre el altar y el resto sobre el pueblo. Así la misma vida unía a todos los presentes.
Por el banquete se fortalece la unidad, considerándose como la peor traición la realizada por el que participó de la misma comida sagrada. En estos banquetes que cerraban las a., en algunos pueblos se tomaba sal (pactos de sal), prometiendo y esperando que como la sal preserva de la corrupción así el pacto quedaría inviolado. Otras ceremonias consistían en atar las manos de los que fueron enemigos, o en hacer juramentos y promesas de paz sobre un puente que uniera los dos territorios, o en enterrar el hacha de guerra. Otras veces se sacrifica un caballo blanco, o un cordero del mismo color, y en ocasiones se divide la víctima en dos partes, por medio de las que pasan los pactantes simbolizando así lo que están dispuestos a sufrir si dejan incumplida la a. Así Mati'ilu, rey sirio, al pactar con Assurnrari, rey de Asiria, pronuncia la maldición siguiente: «Si Mati'ilu peca contra el juramento, del mismo modo que este buco ha sido sacado de su redil..., así Mati'ilu sea arrebatado con sus hijos y sus hijas... de su tierra. Esta cabeza no es la cabeza del buco, sino la de Mati'ilu, la cabeza de sus hijos... Si Mati'ilu es perjuro, así como ha sido cortada y abatida la cabeza de este buco, así lo será la cabeza de Mati'ilu».
La alianza como acto religioso en sentido estricto. Un sentido distinto de la a. es el acto por el que un rey o pueblo, dirigiéndose a Dios, se reconoce dependiente de Él y se declara dispuesto a vivir según su voluntad. Así en un texto sumerio Urakagina, rey de Lagas, en el año 2400 a. C., se declara que ha recibido del dios Nirgisu la realeza y el dominio que ha impuesto a sus súbditos. En el 700 a. C. Kariba'ilu Watar renueva la a. con el dios de su pueblo, sometiendo a ambos sus conquistas y declarándose en nombre del dios reysacerdote en su pueblo.
Entre los ritos de a. está también la entrega de dones. Es un modo de expresar los sentimientos de sumisión y agradecimiento. En las a. dirigidas a Dios sucede también lo mismo. El don es signo del deseo de unas relaciones cordiales. Es un medio que une al donante con el que lo recibe, algo que es una entrega de sí mismo para entrar en la zona personal del otro. Pero el don sólo es tal don cuando es aceptado. Entonces se verifica esa intercomunión entre lo divino y lo humano. Para ello es preciso que el don y el donante estén en armonía con lo divino. Puede ocurrir que ese deseo de participar en lo extramundano sea el motivo de la oferta del don. Entonces el hombre puede creer que influye en lo divino como lo hace con los hombres. El don se convierte en soborno, o en mera ostentación. También puede ocurrir que al considerar el don como algo que pasa a la zona de lo divino, se le llegue a concebir como un poder independiente de Dios. Esto ocurre sobre todo cuando se va perdiendo la idea de un dios personal y de unas relaciones personales con él. Se buscan entonces fines intramundanos, intensificándose el sentido mágico de la a. y debilitándose el verdadero sentido del sacrificio (v.).
Como dones ofrecidos pueden servir todos los que entre los hombres se usan para expresar relaciones de amistad y benevolencia. Así, en muchos pueblos se ofrecen a los dioses vestidos, alhajas, armas, ungüentos, vajillas, etc. Entre los dones ofrecidos destacan por su importancia los alimentos. Mediante una serie de ritos se preparaban para que fueran agradables a la divinidad. Si se la representaba en las alturas entonces el aroma y el humo eran el cauce por el que se le hacía llegar el don, otras veces se representaba la divinidad como habitando en el mar o en los ríos, en cuyo caso se le hacía llegar el don arrojándolo al agua. Algunos pueblos reservaban a la divinidad que tomaba parte en la a. un puesto en la mesa del banquete. En ello hay, a veces, una expresión simbólica de la presencia de Dios; en otras se mezcla con concepciones más groseras: algunos pensaban que la energía divina se gastaba con el tiempo y que era preciso reponerla a través de alimentos. En éstos se encuentra una fuerza vital que renueva la llama vital que arde en cada hombre. En cualquier caso la mesa sirve de símbolo que contiene algo más que la mera nutrición. Constituye la expresión viva del deseo latente en el hombre por estar en unión con Dios. Así, a veces, mediante el baquete sacrificial, todos los comensales, dioses y hombres, participaban de la misma vida que latía en los alimentos.
Conclusión. Con la a. las partes se sentían unidas, estrechadas por unos vínculos sólidos que imponían a los pactantes una serie de obligaciones y concedían al mismo tiempo un conjunto de derechos. Es así como va surgiendo el cuerpo de normas morales que rigen la vida de los pueblos. El cumplimiento de ellas acarrea bendiciones de Dios, promesas de prosperidad y protección continua. La violación, por el contrario, atrae el castigo de lo alto, una maldición implacable que caerá sobre el que infrinja la a. |