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Para distinguirlo de otros muchos homónimos contemporáneos, se le apellidó con el nombre de su ciudad de origen, que no ha de identificarse con Ramlah, sino con Rentis, la antigua ha-Rámátáyim, patria de Samuel (1 Sam 1,1), 14 Km. al nordeste de Lydda.
Era hombre rico (Mt 27,57), miembro distinguido del sanedrín (Me 15,43; Le 23,50; v.), que había tenido el valor de no dar su consentimiento al acuerdo y a la actuáción de los sanedritas contra Jesús (Le 23,51). Bueno y justo, esperaba también el Reino de Dios (Me 15,43; Le 23,51), aunque no se había atrevido a declararse públicamente discípulo de Jesús por miedo a los judíos (lo 19,38).
Con estos antecedentes, fue el suyo un gesto de valentía y de audacia, al presentarse a Pilato (v.) para pedirle el Cuerpo de Jesús al poco tiempo de haberlo visto morir sobre el patíbulo de la cruz (Me 15,43; Mt 27,57-58; Le 23,52). El gobernador se extrañó de que Jesús hubiera muerto ya, pues los crucificados solían prolongar dos o más días su agonía sobre la cruz, quedando sus cuerpos a merced de las aves y de las fieras. Tampoco parece enterado de la gestión de los judíos para que a los ajusticiados les fueran quebradas las piernas a fin de rematarlos y poderlos retirar (lo 19,31-34), para que no contaminaran la tierra santa (Dt 21,23), y no fuera además profanada con semejante espectáculo la santidad del sábado. Pilato, cerciorado de que Jesús había muerto efectivamente por el centurión, que había mandado sin duda el piquete de soldados encargado de rematar con el crurifragium a los ajusticiados y presenciado o realizado él mismo la prueba de la lanzada (lo 19,34), accedió a la petición que se le hacía y «dio el cadáver a José» (Me 15,44-45).
Provisto de una sábana, comprada tal vez aquel mismo día, no obstante ser la fiesta de los Ácimos en la que estaba prohibida la compraventa (Me 15,46), procedió junto con Nicodemo (lo 19,39; v.) a descolgar el cadáver, envolviéndolo en la sábana limpia (Mt 27,59) y atándolo «con lienzos empapados en perfumes, como es costumbre de sepultar entre los judíos» (lo 19,40). Luego «lo colocó en el sepulcro nuevo que se había tallado en la roca; hizo después rodar una gran piedra hacia la entrada del sepulcro, y se fue» (Mt 27,60; Me 15,46). S. Juan puntualiza que en el sitio donde Jesús fue crucificado había un huerto o jardín, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que no se había puesto a nadie todavía, y que en atención a la Parasceve de los judíos, o sea, a la preparación de la Pascua, pusieron allí a Jesús «porque estaba cerca el sepulcro» (lo 19,41-42). De esta suerte, eJ panteón familiar sin estrenar, que pudiera aparecer mancillado por la proximidad del Calvario, se convirtió en el sepulcro glorioso, escenario de la Resurrección de Cristo. Los restos de la roca en la que J. de Arimatea hiciera excavar su tumba, recuerdan bajo la cúpula de la basílica del Santo Sepulcro la generosidad y el valor con que el noble sanedrita supo reparar su primea cobardía, dejando asociado su nombre al último episodio de la Pasión del Señor.
El recuerdo de J. de Arimatea va vinculado a una de las reliquias más veneradas de la Pasión: la Santa Sábana de Turín. La Iglesia romana celebra su fiesta el 17 de marzo y la griega el 31 de julio. Una leyenda tardía lo supone enviado por S. Felipe desde las Galias a Inglaterra con 11 discípulos el a. 63 d. C., obteniendo del rey inglés una isleta en Somersetshire (más tarde el sitio de Glastonbury). «Probablemente algún otro José, que fundó Glastonbury, ha sido confundido con José de Arimatea» (H. Cowan). Su nombre no figura en el Martirologio romano hasta después de 1585. En un escrito muy en boga durante la Edad Media: Declaración de José de Arimatea, se le hace decir que estaba encadenado y oprimido por los judíos por haber pedido el cuerpo del Señor Jesús para sepultarlo (I,1; II,1). La iconografía destaca su figura en la escena del desenclave, del descendimiento, de la deposición y de la sepultura del Señor.
V. t.: ARIMATEA. |