El texto original de la Biblia no hace mención explícita de A. Se equivocó ciertamente S. jerónimo cuando en su versión latina, la Vulgata -de donde pasó a muchas versiones hechas sobre ella, como las castellanas de Scio y de Torres Amat- tradujo cinco veces el hebreo No' por A. (Ier 46, 25; Ez 30, 14-16; Nah 3, 8), defendiéndolo en sus comentarios, pero sin aportar razones de peso (PL 25, 289.1260); No' en realidad es la antigua Tebas (v.), la moderna Luxor, en el Alto Egipto. En cambio, sí se habla en el N. T. de alejandrinos (Act 6, 9; 18, 24) y de naves alejandrinas (Act 27, 6; 28, 11). La importancia bíblica le viene a A. por otro campo: por la versión griega de los «Setenta» (v. BIBLIA VI, 2), por su escuela judía y cristiana de explicación alegórica (v. VI) y por la producción de libros bíblicos y apócrifos.
Cuando Alejandro Magno (v.) fundó A. eran ya numerosos los grupos de judíos establecidos en Egipto. Motivos varios, de comercio, aventura o política, habían provocado desde los tiempos de Manasés (v.) una emigración notable desde Palestina hacia Egipto. Otros muchos llegaron al país huidos de Judá, a raíz de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor (v.) y del asesinato de Godolías por ungrupo de fanáticos nacionalistas: éstos llevaron consigo al anciano profeta Jeremías (v.) y a su fiel secretario Baruc (Ier 39, 1-43, 7). El establecimiento de judíos palestinenses en A. fue fomentado por el fundador de la nueva metrópoli, concediéndoles los mismos derechos que a los griegos. Siguió igual política Ptolomeo I, quien, ocupada Jerusalén en 320 a. C., por amor o por fuerza condujo a A. a millares de judíos. La inmigración continuó después de los primeros Ptolomeos (v.), cuando el dominio de Palestina pasó a los Seléucidas (v.), y se formó así una gran comunidad que, además de ocupar un barrio propio, el cuarto o «Delta», se extendió por otras zonas de la ciudad (dícese que sus miembros se acercaban a los 100.000 a mediados del s. I a. C.). La comunidad judía de A. mantuvo siempre estrechas relaciones con la madre patria; en época apostólica contaba con una sinagoga propia en Jerusalén, para los emigrados o peregrinos, algunos de los cuales participaron en los debates vehementes con el diácono y protomártir Esteban (v.) (Act 6, 9).
Los judíos gozaban de todos los derechos civiles, como cualquier ciudadano griego, pero, aplicándoseles el estatuto dado por los reyes persas, constituían en su régimen interno una comunidad política independiente y autónoma, limitada en lo externo sólo por la subordinación a los Lágidas primero y a los romanos después. A su frente en A., además de los cargos constantes en las comunidades de la diáspora (los arcontes, que regían los asuntos administrativos y judiciales, y el archisinagogo a quien correspondía todo lo referente al culto) había un etnarca con grandes poderes civiles que le permitían tratar con los funcionarios del reino o del Imperio romano. Constituyeron así un grupo étnico singular entre la población de A. manteniendo hasta cierto punto un aislamiento lingüístico, económico y cultural que les permitió conservar su raza y religión, fieles a la ley y a las tradiciones de los padres. Pero esta cohesión de los judíos entre sí y su segregación de los gentiles tuvo su contrapartida, sobre todo al ir acompañado no pocas veces, al menos externamente, de un aire de superioridad y un apartarse desdeñoso de lo no judío; más que odiarlos, se les hizo objeto de no pocas calumnias y menosprecios, cuyo punto de origen fue A. precisamente. Esto, unido en ocasiones a que tomaron partido en favor de sus connacionales de Judea, acabó repetidas veces, también en A., en vejaciones, persecuciones y matanzas, siendo las más importantes las de las épocas de Calígula, Nerón y Trajano.
La colonia judía se siente atraída por todo el saber helenístico que representa A., primer foco cultural del mundo greco-oriental. Los escritores griegos y helenísticos influyen notablemente entre los de la A. ptolemaica, procjuciéndose entre los judíos una abundante literatura semíticohelenística. Sus objetivos eran dobles: defensa del judaísmo y los judíos y comentario de su religión y forma de vida. Por el continuo contacto con la población habían olvidado su lengua sacra y hablada al final del primer siglo de su estancia, y el griego se convirtió en su lengua cotidiana. Viéndose en la situación crítica del no entendimiento de sus rezos, se aceptó la versión al griego de la Biblia. En época de Ptolomeo Filadelfo se llevó a cabo la versión de los «Setenta», que tiene la marca inconfundible de una mentalidad muy influida por el ambiente filosófico griego. El movimiento intelectual judaico alejandrino, muy teñido de helenismo, se forma entre los s. III y I a. C. Los historiadores narran a la manera de Tucídides; ello se aprecia en Eupolemo (ca. 155 a. C.), Artipon Demetrio (210 a. C.) y Aristeo. Es también A. centro importante de producción de libros bíblicos y apócrifos (v.). El libro de la Sabiduría (v.) evidencia bien ese influjo helenístico y, aunque de autor desconocido, su insistencia en todo lo concerniente a Egipto hace pensar que se escribiera en A. El Eclesiástico (v.) fue traducido al griego, seguramente en A., por el nieto del autor. El II Macabeos (v.) es resumen de una obra en cinco volúmenes, hecho por un judío de A. ca. 124 a. C., y presenta los artificios retóricos de la historiografía contemporánea. El IV Macabeos, apócrifo, se considera alejandrino de finales del s. I o principios del II, y está influido por el estoicismo (v.).
Pero es sobre todo el conocimiento de la filosofía griega lo que dio lugar a la que se llamó escuela judía de A. Al estudiar esta filosofía, descubren ideas en perfecta armonía con las de los Libros Santos, encuentran conceptos de gran profundidad espiritual y de elevada moralidad. Nace así el deseo de demostrar que esos principios filosóficos existían también en las leyes de Moisés, considerando esta ley como fuente en la que se inspiraron aquellos filósofos, especialmente Platón, y estableciéndose con ello la filiación mosaica de la filosofía griega. El método para demostrar esta identidad fue la interpretación alegórica, ya conocido por los judíos de Palestina y muy estimado en el medio en que vivían. La escuela judía tuvo como primer representante conocido a Aristóbulo, del que no se sabe la fecha ni el lugar de nacimiento, y que vivía en A. en época de Ptolomeo VI Filometer (181-146 a. C.). Explica alegóricamente los pasajes bíblicos, limando las dificultades que presentan la Biblia y los mitos griegos. Filón (v.), contemporáneo de Jesucristo, presenta en su obra la fusión sistemática y seria de las ideas judías y griegas, y es el predecesor del neoplatonismo de Plotino (v.) y de gran parte de las ideas de, los Padres de la Iglesia. La casi total conservación de su obra demuestra la gran estima de que gozó entre los judíos de A. (v. HEBREOS VII, Filosofía judía).
La escuela exegética de A. suele ser considerada sucesora de la judía, y sigue su método de interpretación alegórica, intentando hermanar la doctrina cristiana con la filosofía griega (v. VI). |