|
Se entiende por a. política toda aquella a. relacionada con la vida ciudadana o la acción de gobierno. Por activismo político se entiende no ya una simple acentuación de esa a. política en general, sino la a. ordenada a tomar el poder político y más específicamente la participación activa en movimientos o partidos políticos. Toda a. política es una realización humana, aun cuando la matización política de la a. indica claramente que existe una circunstancia que adjetiviza la a., que en modo alguno puede considerarse en sí misma y polarizarse en ésta, ya que lo que realmente consideramos es el contenido intencional que es consustancial e inseparable a la política: la conquista del poder.
La a. política es inexcusablemente una a. social, porque es precisamente en la sociedad donde la convivencia (v.) entre los hombres se produce, en razón directa al natural social del hombre que le impele a vivir en relación con sus semejantes y que Aristóteles percibió con claridad al calificar al hombre de animal político. Es precisamente en ese ámbito en el que las múltiples relaciones humanas se entrecruzan, haciendo surgir la sociedad como medio único para que existan las interacciones que la convivencia provoca, en donde la vida política prolifera y se enriquece mediante su actuar.
La a. política, en un sentido más restringido, no puede desarrollarse mediante una relación social indiferenciada, por serle imprescindible que el contorno social que le es consustancial goce de la necesaria estabilidad. Factor éste, de la estabilidad, esencial para centrar el concepto. El obrar de los hombres dentro de un contorno social estable implica un actuar que ha de ser conforme, para conseguir su validez, su sentido y su eficacia, a que una norma objetiva los reconozca previamente. Actuar, claro está, que ha de ser libre por cuanto que sólo mediante la libertad el hombre crea. Y esta actuación libre o creadora es el fiat que dá realmente vida y vigor al grupo social (v.), dotándole de la firmeza que asegura su supervivencia en su forma actual o incidiendo directamente para que su configuración se modifique. La política, caracterizada por ser libre y creadora dentro de un grupo social estable, configura a la a. humana como la a. libre que todo hombre tiene el derecho y el deber de ejercer. La libertad del acto humano es, en consecuencia, la resultante de los caracteres de la a. libre y creadora, en cuanto que presupone una libertad del acto que expresa, entendida tal libertad como exención de una pauta de conducta predeterminada por la norma.
El elemento fundamental que conforma a una a. política es su motivación, es decir, su contenido intencional, en cuanto que está dirigido a constituir, modificar o desenvolver un orden, incluso extendido a su defensa o destrucción. Este orden se refiere al esencial en el que se basa, y tiene su raíz en la armonía de los hombres conviventes en sociedad, lo que implica un supuesto de estabilidad necesario para que exista convivencia social como organismo social y político, y que inexcusablemente ha de referirse a un orden jurídico que se pretende erigir, desarrollar, transformar o eliminar.
Naturaleza. La política, como toda acción humana, está determinada no sólo por el pensamiento, sino también por los sentimientos que se mueven y agitan en el alma de los hombres. Al ser la política algo más que un repertorio de ideas, se nos presenta también como creencia apasionada. Es esta nueva faceta de la política la que le proporciona fuerza, calor y sentido. Los sentimientos de ambición, amor, odio, etc., inciden inmediata y directamente en el mundo político, ya que siempre la política aparece en la Historia referida al poder (v.).
El acceso al poder es, por esto, antecedente o realidad concomitante a toda actividad política. Es lo que se manifiesta en los diversos sistemas políticos mediante el juego de los resortes y vías a través de los cuales se configura el acceso al poder, desde los sistemas hereditarios antiguos hasta la búsqueda del apoyo popular en los sistemas democráticos contemporáneos. En situaciones de crisis aparece la llamada acción directa, que no es otra cosa que el procedimiento eminentemente revolucionario que al negar o desconocer la legalidad establecida aspira a realizar un nuevo equilibrio. Con ella se relaciona la huelga (v.) general, convertida por el sindicalismo (v.) en el procedimiento específico de acción política, dando a los sindicatos un carácter de combate y a la lucha sindical un sentido de violencia.
El perfeccionamiento técnico de la a. y aun del mismo a. político ha privado a una y a otro del impacto emocional que hasta hace pocos años existía en el pueblo, a cuyo resultado ha colaborado la crisis de las ideologías. Es evidente la detectación, por todo observador imparcial, de una baja de la forma de pensar sistemática que se correlaciona con un auge de la visión pragmática de todas las cuestiones. Esto quizá sea debido a las tremendas conflagraciones mundiales e intestinas y a que los constantes descubrimientos científicos y progresos tecnológicos, al incidir en la psicología de las masas, arrinconan los viejos tópicos retóricos que, en el pasado, fueron como el clarín que llamaba a la palestra. Dimensión decisiva, por otra parte, del presente momento histórico es la acentuación del protagonismo de la totalidad de los componentes del cuerpo social: el acceso al poder no está reservado a algunas categorías de personas, sino que -al menos en teoría- se afirma que está abierto a todos. De ahí la necesidad de que todos los ciudadanos adquieran convicciones políticas, y se consideraran no meros entes receptivos sino parte integrante de la a. política en forma totalmente consciente y, consiguientemente, libre.
Mendès-France, en su República moderna, señala el tránsito de la democracia tradicional por representación a la actual democracia participante, en la que «la democracia no se limita tan sólo a las papeletas de elección, a las mociones o a la crítica, se realiza a través de actividades profesionales, culturales, sindicales y políticas». La eficacia de esta activa participación en la vida política (v. PARTICIPACIÓN III) reclama la existencia de grupos intermedios entre el individuo y el Estado que encaucen la socialización y permitan el cumplimiento de los respectivos deberes políticos, tanto a los gobernantes como a los gobernados. Es claro que la participación en los asuntos públicos alcanza sus metas generales mediante la acción común, que evita cómodas abstenciones o perniciosos desvíos.
La participación activa, individual y colectivamente, en la vida política vivifica a ésta. Convivencia y participación, en su sentido político, son las dos caras que nos presenta el civismo (v.). Mediante la primera se procura el diálogo y la paz social, mientras que con la participación se forja el espíritu de empresa común, que es el que puede hacer posible, en cada comunidad política, alcanzar las metas de justicia y progreso aún no conseguidas. |